lunes, 1 de marzo de 2010

Catacumbas de La Paz

“Y el morador de las alturas lo sabe. No es la montaña lo que se mira. Es la presencia de la montaña”. Jaime Sáenz.

Nunca pude conseguir algo sentada, mirando al vacío en aquella histórica plaza Murillo. Me siento tan inútil, sin poder crear nada, pues yo soy parte de una creación de esta ciudad. Yo sola en las gradas de la plaza, miro aquel gran monumento a la Gloria del centro. Alzar la vista es un martirio, sobre todo a esa hora donde el sol está en el medio del lienzo azul del cielo. Sol paceño que te quema, pero no te calienta. No llego a ver el monumento a la Gloria, aquel que pretende hacerte recordar la sagrada memoria de nuestros héroes y de nuestros mártires. Así que Pedro Domingo Murillo, Ismael Montes y las víctimas de la guerra del gas; pueden ser olvidados hasta la noche, cuando la luz de luna mantenga su sombra nocturna grabada en el piso de una plaza desierta. Ahora, a mediodía, tengo cosas más importantes que ver. Como el millar de palomas que disfrutan de un almuerzo gratis, del niño que las alimenta y el fotógrafo que copia su imagen en su aparato viejo. Ese mismo, el señor de la Polaroid en la plaza Murillo. El mismo que hace quince años me fotografió a mí. El mismo que hace veinticinco años fotografió a mis hermanos. Ése mismo. El hombre de la Polaroid que se quedó estancado en el tiempo, y sigue con la Polaroid. Es más, a todos nos gusta eso. Que nunca bote la maquinita. Que sea el mismo e inolvidable personaje paceño. El niño por su lado, no tiene idea que esa fotografía será dentro de muchos años, un tesoro imperdible. Una vez que vació su bolsita de maíz, le pide a su madre que le quite la campera, porque quiere correr. Pero se queda con la gorra, el sol está muy fuerte y ya le quemó los cachetes redondos y morenos. Una vez que el niño se libra de tanta ropa, sólo decide correr hacia la manada de palomas que siguen comiendo los maíces y basura que la gente les tira. Y corre, y corre y corre. Finalmente se crea esta única imagen de libertad infantil: las palomas comienzan a asustarse y volar, y asustarse de nuevo. Toda la gente que está alrededor de las palomas voladoras también se asusta, pero es por el miedo de que alguna de esas ratas con alas les cague en la cabeza. El niño lanza una carcajada, se burla de la gente y de esos pájaros que se asustan. Yo pinto la sonrisa en mi rostro, la sonrisa de la inocencia. Sin embargo es hora de partir. Así que comienzo a descender esas empinadas calles de bajada que son más que todo un tobogán de emergencia. Como todos los días laborales a la tarde, me encuentro con una protesta bloqueadora y la policía del otro lado. Ya ni trato de de escaparme de esto, ya que, para ser un buen paceño, hay que ser gasificado… con o sin motivo. Una vez en el Prado, el corazón de La Paz, sólo camino. Camino viendo los rostros, algunos de soledad, otros de apatía, pero los más bellos son esos rostros de felicidad oculta. Avenida 16 de Julio, esperando el bus, como siempre, donde sea. Llega la línea 2 y por algún motivo la tomo. No me importa, es la línea M que me lleva a casa, no me importa. Igual, ¿qué ganas tengo yo de irme a casa? Ninguna. Subo a ese bus antiquísimo de la post guerra (donado por algún país primer mundista, claro), con ese motor tan ruidoso que es difícil pensar al escucharlo. El bus sube por una calle cuesta arriba y sigue subiendo. Hay un momento en que pienso que este cacharro ya no puede subir más, sin embargo lo hace. No tengo idea de dónde estoy, asumo que es alguna calle desalmada de Sopocachi Alto. Así, que le digo al chofer que me bajo en la esquina. Sé que si voy de bajada estaré de nuevo en mi barrio. Bajo por una callecita vacía, que despertó cierto sentimiento de angustia en mí. Al llegar a la esquina me doy cuenta de dónde estoy. Estoy parada frente a la casa de la calle Harrington. Esa casa. Hace tanto tiempo. Ese lugar donde mataron a los ocho hombres cuyo gran crimen fue el haber pensado. Donde mataron a ocho y sobrevivió una. La mujer que se ocultó bajo una cama de la manera más inocente y vio a sus compañeros morir acribillados uno por uno. Al mirar la casa fantasma, me brota una lágrima; la segunda cae cuando leo el pequeño cartel colocado al final de la calle: “Calle de los mártires de la democracia”. La casa maldita, monumento de la lucha clandestina, mirando al sol que va ocultándose detrás del Illimani. La gran montaña, ese Illimani. El paisaje perfecto, el guardián: Tata. Ya los últimos rayos de sol caen sobre la montaña, y sale la luna a combinar con la nieve inmaculada. ¿Tanto tiempo pasó? Descender otra vez las calles verticales es un riesgo, resbalarse por esos adoquines antiguos es un desafío a la gravedad que uno se acostumbra al vivir acá. Plaza Avaroa, en esta ciudad con alma de pueblo donde todos se conocen con todos es normal siempre encontrar gente por allí sin absolutamente nada que hacer. Igual, ¿qué ganas tengo yo de encontrarme con la gente? Ninguna. Así que mejor me voy a buscar la soledad a otros parques donde nadie me mira mirar a los otros. De nuevo emprendo una subida hacia la plaza Murillo, a ver qué ha sucedido en mi ausencia. En ese momento en la calle se me acerca un niño, ch’iti wawita, vestido en su típico traje potosino, negro con bordados de colores. Es muy pequeño, a penas sabe caminar y mucho menos hablar. Viene solito, con una caja de chicles y trata de venderme algunos. Ese grifo que algunos llaman ojos empezó de nuevo a correr el agua salada y busco en los bolsillos y en la ch’uspa algunas monedas para darle, lo que tenga, lo que sea. Encuentro una moneda de cinco pesos y se la doy. El niño no tiene idea qué valor tiene ese pedazo de metal dorado y plateado. Sólo me mira con esos ojos vidriosos y la nariz chorreando por el frío infernal que hace, y me da un chicle sabor naranja-fresa. Lo único que sabe es que una moneda es igual a entregar un chicle. Yo le respondo que no me dé nada, que le regalo la moneda. No tiene idea de lo que le estoy hablando. Sólo reconoce el grito en quechua de su madre que le espera sentada en la calle mientras está amamantando al otro niño. Así que responde corriendo al llamado de la señora y yo por mi parte quedé llorando, en cuclillas, viendo su espaldita diciéndome adiós. Me fijo en el bolsillo y me sobra una moneda de dos bolivianos. En el pequeño quiosco le compro a mi casera un peso de puchos y el otro peso será para mi transporte hacia la gran plaza. En la avenida Arce me quedé esperando un minibús que me lleve al centro. Esperé durante mucho tiempo, al final termino tomando otra movilidad que no me deja en la plaza, pero por allí cerca. Le pago al buen hombre que está en el asiento de atrás. Él tiene una gorra blanca, sin importar que sean las ocho de la noche, media cabeza afuera y va entonando la ciudad con la voz gastada que grita día tras día los destinos de este peculiar transporte público. Al llegar a la plaza de la Pérez Velasco; debo añadir, la mayor concentración de caos organizado, me quedo mirando a esta señora que vende jugos de naranja a peso. Tiene un carrito ambulante con un exprimidor arcaico y sirve el jugo en bolsitas plásticas y una bombilla. Qué ganas tengo de un jugo. Pero me he quedado sin un peso y me voy a la plaza. Una vez que se oculta el sol en esta zona, la noche se pone medio turbia. Las señoras que venden alhajas en la calle comienzan a irse y los que llegan son los anuncios de prostíbulos, la gente que se gasta su poca plata en alcohol de dos pesos sin quemar y aquellos que anestesian el dolor, el hambre y el frío con tinner. Allí veo a algunos jóvenes lustras que anduvieron todo el día puliendo los zapatos a los funcionarios públicos y gente que se cree importante. Allí, también veo, sufriendo el frío, al aparapita, el viejo jorobado que anda por la ciudad pijch’ando coca y una soga, para cargar sobre esa dura espalda callosa los muebles, cajas de verduras, bolsas de mercado y maletas; todo por un pesito, y si la gente llega a ser generosa le pagan dos. Antes de que la cosa se ponga más turbia comienzo a escalar (escalar, sí, una de las calles más empinadas de esta ciudad inmortal) la calle Genaro Sanjinés. Decido cambiar de rumbo e irme a la calle Jaén. La calle de los museos, la calle de los espíritus, la calle de la cruz verde espanta espectros. Me enciendo uno de los cigarrillos que tengo y sigo subiendo. Acá, viviendo a tres mil seiscientos metros sobre el nivel del mar, ya caminar y subir no se hace cansador. Nos hemos acostumbrado a respirar poco y que el pucho dure mucho, pero mucho tiempo, debido a la falta de aire. Nosotros paceños debemos estar orgullosos de vivir tan cerca del cielo, sin embargo tan lejos de dios, hemos logrado sobrevivir sin la ayuda de nadie. Tan cerca del cielo, que a veces llegamos a patear estrellas por el suelo casi sin darnos cuenta. Llegando a la cima, encuentro ese poste de luz con un centenar de cables entrecruzados que nadie ha arreglado desde 1986 (dios bendiga a nuestros electricistas). Llegando a la calle Jaén sólo escucho mis tacos aguja creando un eco de avalancha en las piedras, a lo lejos se escuchan unas abarcas y unas zapatillas. Lo lindo del olor de la noche es que es un olor a creación. Olor a poesía, sexo, amor, alcohol, y más poesía escondida en las calles. Hay tanto que nos acompaña. El sonido es mejor aún, los pasos, la canción murmurada, el canto de las almas en pena, la canción del borracho. Lo que vemos es la paleta de colores en un cráter de montaña. Qué ingenuos. Y nosotros que creímos que moriríamos en soledad.
AbreFriede.-